Carlos Arturo Angel
Ex- senador de la República

 


No soy, ni pretendo ser, un experto en el tema. Sólo puedo decir que he pasado muchos años de mi vida empresarial en la búsqueda de fórmulas que ayuden a Colombia, a salir de la encrucijada en que se encuentra, y he llegado a la conclusión de que sin una renovación del pensamiento colectivo, que restablezca la confianza y convierta a los empresarios en seres audaces, prudentes, responsables, eficaces y capaces de identificar el bien común, cualquier esfuerzo será en vano. Quiero entonces hacer votos porque el interés que manifiestan, fructifique, convirtiéndose en semilla que disemine por todo Colombia las prácticas empresariales responsables.

LAS PRÁCTICAS SOCIALMENTE RESPONSABLES.

No es posible hacer ahora una historia de lo que ha sido la acción socialmente responsable de los empresarios. Tampoco es el caso porque, como sucede en otras esferas de la vida pública y privada, los cambios han sido tan rápidos y radicales que los detalles pretéritos pierden relevancia. Por el contrario, la clave puede encontrarse en la historia que tratamos de construir y que otros escribirán, si es que no somos inferiores al reto colectivo al que nos enfrentamos.

El Secretario General de la Naciones Unidas en el cierre de su discurso ante el Foro Económico Mundial, realizado en Davos Suiza en 1999, manifestó que "las empresas están aprendiendo, que así como los mercados se han hecho globales, también deben hacerlo el concepto y la práctica de Responsabilidad Social Empresarial" y solicitó a los empresarios a hacer parte de sus prácticas corporativas, los nueve (9) principios del Pacto Global en las áreas de Derechos Humanos y estándares laborales y ambientales.

Al revisar dichos principios, surge, por supuesto, la preocupación de que todavía existan empresarios en el mundo que violen las leyes de sus correspondientes Estados, en razón a que aquellos no son otros que los consignados en los convenios Internacionales y en las Cartas Políticas de la gran mayoría de los países del mundo. Y es cierto que hay todavía quienes los desconocen, lo cual constituye una dura realidad. Sin embargo, para no caer en la desesperanza, tendremos que partir de la hipótesis de que ustedes respetan estos principios y quieren ir más allá, puesto que otro es el tema de la Responsabilidad Empresarial social y política.

Hablar de Prácticas Socialmente Responsables -PSR-, sin encontrar oposición de quienes ven en ella una extralimitación de funciones en la tarea del empresario o sin inmiscuirse en el cenagoso ámbito de la filosofía, es prácticamente imposible. El concepto trae implícito el hecho de que la moral y los negocios están definitivamente ligados y que el empresario, por compromiso inherente a su naturaleza, debe actuar más allá del simple devenir de su negocio. Pero para no cometer sacrilegios innecesarios, opinando sobre asuntos de tan compleja naturaleza, trataré, por la vía de las definiciones, llegar al tema de esta charla. Permítanme recurrir, para no irme al diccionario, a Ambrose Bierse, escritor, periodista, y excelente ironista, para definir la responsabilidad. En su obra "diccionario del Diablo", él la define así:

"Responsabilidad. Sust. Carga desmontable que se traspasa fácilmente a las espaldas de Dios, al destino, a la fortuna, a la suerte, o al vecino-( yo me atrevería a decir que casi siempre a las espaldas del vecino)-. Los aficionados a la astrología suelen descargarla en una estrella."

Definida la responsabilidad en forma por lo demás pragmática, hagamos el intento de desmenuzar el término empresario. Aquí, de nuevo, me quiero salir de los diccionarios. Fernando Sabater, en uno de sus incomparables conversatorios, lo definía como "aquel que se encarga de estilizar las necesidades humanas en formas diferentes a las habituales, de tal manera que produzcan mayor placer". Y qué razón encierra esta definición. Un hombre con todas sus necesidades satisfechas, si es que ello es posible, viviría más tranquilo, pero se aburriría muchísimo. Es el empresario, quien haciendo valer sus atributos, no sólo genera nuevas necesidades, sino que hace de ellas una empresa, la que a su vez, crea nuevos espacios de desarrollo y bienestar a sus partícipes, sean ellos clientes, proveedores, trabajadores, accionistas, comunidad o estado.

Hasta aquí, tenemos, al menos, dos de las tres términos que componen la sigla que nos convoca.

Queda pendiente lo social y, para adentrarnos en ello, tendremos que ser supremamente cuidadosos de no caer en generalizaciones.

El siglo XXI nos entrega un mundo globalizado en el que todavía se pavonean las teorías liberales del racionalismo egoísta, que tan en boga estuvieron en la segunda mitad del siglo anterior y que tuvieron como creador a Adam Smith. El resultado salta a la vista: Una minoría de la población mundial es propietaria de la infinita mayoría del bienestar y la riqueza. Si pensamos que los individuos más ricos del mundo poseen, individualmente, un patrimonio superior al PIB de Colombia, tendemos que reconocer que algo anda mal en el planeta. Para ellos, lo social tiene una connotación y una prioridad diferente. Pero no creo que este gravísimo desequilibrio sea la principal preocupación del día de hoy, entre otras cosas porque corregirlo se encuentra más allá de nuestras inmediatas posibilidades individuales y colectivas. Lo importante es hacer conciencia de que un mundo en estas condiciones no puede continuar su curso indefinidamente y que quienes vivimos en la zona de las grandes carencias y desigualdades, tenemos la responsabilidad de actuar con urgencia en los asuntos sociales, ello es, en función exclusiva de la sociedad y no sólo en función de nuestro particular beneficio. El pregón de los ricos, sus revolucionarios textos en teorías administrativas y sus complejos y sofisticados modelos económicos y sociales no pueden aplicarse como credo en estos solares del planeta.

Ahora, lo que es pertinente, es preguntarnos el porqué el mundo desarrollado ha logrado progresar y generar un estado de bienestar, en razón a que ya hace mucho tiempo satisfizo las necesidades básicas del individuo. La respuesta parece encontrarse en la capacidad que estas naciones tuvieron de construir tejido social y este a su vez fortalecer el estado, puesto que los repetidos intentos de hacerlo que otras naciones utilizaron, por la vía de las utopías políticas, tal fue el caso de las naciones comunistas, se convirtieron en estruendosos fracasos. He aquí entonces la clave de nuestro propósito, al pregonar la necesidad de establecer, sin demora, prácticas empresariales social y políticamente responsables.

Vienen entonces las obvias preguntas . ¿Porqué yo?; ¿y si al fin de cuentas es mi responsabilidad, que debo hacer?; ¿y si debo hacerlo, como lo hago?. Empecemos por lo primero.

La humanidad, a lo largo de su historia, ha mantenido un emblema, casi siempre humano, que le sirve de estandarte en sus más altos propósitos. Para los antiguos esta figura fue el héroe, el guerrero, aquel que a veces terminaba confundiéndose con los dioses. Así mismo, en el medioevo la figura fue el santo; en el renacimiento, los artistas; en la era pre-industrial los sabios, y hoy, parecen ser los empresarios. En la época del conocimiento, en el mundo de la democracia económica, en la aldea global, aquel que se dedique a desarrollos que hagan más placentera la vida, satisfaciendo las sofisticadas necesidades del ser humano de hoy, terminará siendo el venerado estandarte. Por eso, mis queridos amigos, y por qué a nosotros los Colombianos nos queda todavía una enorme tarea por delante, es por lo que ser socialmente y políticamente responsable es una obligación del empresario, que no amerita discusión alguna. Él hoy es, o debería ser, el líder de la sociedad civil y es a ella, en últimas, a quien compete liderar el cambio.

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SOCIEDAD CIVIL Y EMPRESARIOS ORGANIZADOS

Es cada vez mas frecuente escuchar que estamos viviendo una época de cambio. En sus versiones radicales se llega incluso a afirmar que asistimos a un cambio de época. Lo cierto es que en los últimos tiempos se han producido notables transformaciones en todos los ámbitos, que nos conducen a modificar nuestra comprensión de la realidad y, en consecuencia, a cambiar las tradicionales prácticas económicas, sociales, políticas y organizacionales.

Probablemente estemos frente al surgimiento de nuevas formas culturales, que significan nuevas concepciones y maneras de participar en los procesos de decisión y acción que competen a cada sociedad, entendida ella como "el conjunto de personas que conviven y se relacionan dentro de un mismo espacio cultural", y que involucra, sin duda alguna, a la sociedad civil puesto que tiene que ver con las actividades que realizan los actores organizados del desarrollo.

La sociedad civil es, por lo tanto, un subconjunto de la sociedad en general, que refleja una multiplicidad de acciones, manifiestas en lo público. Concebida así, está constituida por un número plural de intermediarios entre la esfera privada y la estatal.

Es pública, no por que pertenezca al Estado, sino porque los ciudadanos pueden y deben comprometerse en el debate de los problemas de la sociedad y del desarrollo y en la defensa del interés general. Nuestro pasado está plagado de estos intermediarios que actúan, no para beneficio general sino para su particular lucro, multiplicando la semilla de la corrupción.

En este contexto de cambio, y dadas las recurrentes crisis de los Estados, la sociedad civil pasa a ocupar un lugar preponderante, siendo esencial la actuación de sus integrantes en el proceso de cambio político, económico y social y en la consolidación de la democracia.

El que la sociedad civil ejerza la mencionada intermediación, no debe conducir a su confusión con los partidos políticos que, en teoría, deberían hacer lo mismo. Mientras estos últimos fundamentan su gestión en la búsqueda del control político, soportados por un discurso único, aquella pretende incidir en los procesos que tienen que ver con el desarrollo , basada en su origen voluntario, múltiple, pluralista y autosoportado, pero, por obvias razones, actuando conjuntamente con el estado.

Entonces, si la sociedad civil no es otra cosa que el conjunto de acciones colectivas y/o individuales que buscan incidir en el proceso del desarrollo, en la resolución de los conflictos y en la superación de los problemas que amenazan la estabilidad y supervivencia de las naciones, ¿qué puede decirse de la sociedad civil en Colombia?, ¿qué habría que hacer para que se consolidara y cuál el papel de los empresarios?

Lamentablemente, la respuesta a la primera parte de la pregunta es fácil de concretar. Partiendo de considerar que cada sociedad civil especifica resulta de la convergencia de numerosos factores de todo orden. Que en cada País sus niveles de desarrollo y de expresión han cambiado a lo largo de la historia y que al hablar de ella no caben generalizaciones superficiales, la preocupante realidad es que en toda la América Latina y muy especialmente en Colombia, existe un marcado déficit de sociedad civil. Infortunadamente, la mayoría de las veces, la expresión coherente y articulada de los ciudadanos está ausente. La inercia política que resulta de esta situación, ha permitido que diferentes tipos de gobierno se hayan beneficiado de ello.


Abundan las manifestaciones de este preocupante fenómeno, que tienen que ver con uno de los temas que desarrollaré más adelante, el de la gobernabilidad. Veamos algunas evidencias: las crisis políticas y de los partidos han impedido el planteamiento continuo y estratégico de alternativas programáticas e ideológicas. la articulación y representación de los intereses políticos son desarrollados de manera más efectiva por asociaciones de interés o grupos de presión. En general, no funciona la lógica de la oposición. Cunde, entre los gobernados, el desinterés y el desprecio por el ejercicio de la política; es general la idea de que lo político es sinónimo de corrupción y, consecuentemente, materia de repudio ciudadano; son preocupantes las altas tasas de abstención electoral, y los bajos índices de popularidad de las instituciones políticas.

Se debe concluir, entonces, que en nuestro medio no existe una ciudadanía que refleje un desarrollo significativo de los canales de participación y protagonismo civil en los procesos políticos, impidiendo el contacto directo del ciudadano con los entes públicos. Los intereses políticos ciudadanos se manejan en forma de corporativismo, clientelismo y patrimonialismo, conduciendo a que dichos intereses se expresen frente al Estado de una forma fragmentada y sesgada, ya que representan un segmento particular de la población, generalmente circunscrito a los temas económicos, y orientado burocráticamente, puesto que la forma como actúan los partidos políticos conduce a que sus prioridades funcionales y estratégicas giren alrededor del acceso al botín burocrático, dejando en un segundo plano sus funciones ideológicas y programáticas.

Ambas circunstancias, que significan la distorsión de la expresión y articulación de los intereses ciudadanos, ponen de presente la gran precariedad de la sociedad y la limitada contribución de la ciudadanía a los procesos democráticos. Si consideramos que esto ocurre en un contexto de gran concentración y mala distribución del ingreso. De una creciente acumulación de la llamada deuda social. De persistentes conflictos, en casi todos los casos acompañados de manifestaciones violentas. De problemas con la legitimidad de los gobiernos. De la inexistencia de proyectos colectivos, debemos concluir que la evidente fragilidad de nuestra democracia nos compromete a trabajar por fortalecer la sociedad civil y potenciar la ciudadanía, como un modo de contribuir a reducir los peligros inherentes a esta situación, que podría terminar en el retroceso del proceso democrático en nuestro país. No nos hagamos los ciegos y los sordos ante fenómenos como el Venezolano o el Argentino. Cuando la democracia no funciona, los hombres las convierten en fórmulas mesiánicas con un claro tufillo de autoritarismo populista.

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Sociedad civil, empresarios y organizaciones empresariales

De lo planteado anteriormente puede desprenderse que los empresarios deben contribuir al proceso de desarrollo y fortalecimiento de la sociedad civil. Miremos entonces el cómo.

La participación empresarial en dicho proceso se puede dar de dos formas, no necesariamente relacionadas pero sí complementarias, al menos desde el punto de vista de los resultados. Como se trata de algo en principio voluntario, el empresario social y políticamente responsable puede optar por actuar individualmente, o puede preferir intervenir a través de una organización gremial, constituida en actor político del desarrollo de la sociedad. En lo que sigue, centraré mis planteamientos en esta segunda forma de participación social. No obstante, haré inicialmente referencia a la primera.

Existen dos maneras de entender la responsabilidad empresarial individual frente a la sociedad. Obviamente, para hacerlo hay que partir de excluir al que se podría denominar, desde la perspectiva aquí adoptada, el falso empresario. Este "empresario" es aquel que realiza sus negocios con una visión estricta de corto plazo. Aquel que se interesa solamente por los resultados de los estados financieros. Aquel cuya gestión esta centrada en la producción, predominando así una visión operacional de sus actividades. Aquel cuyo objetivo básico es retribuir exclusivamente al inversionista, asumiendo una actitud egoísta, consistente en sacar ventaja en todo momento, sin preocuparse por lo que pueda suceder a los demás. Aquel que elude y, cuando puede, evade sus compromisos con sus colaboradores, la comunidad y el estado.


Previa esta aclaración, la primera manera de entender la acción responsable se refiere al empresario que proporciona recursos para determinado tipo de proyectos, que se realizan externamente y sin su participación, razón por la cual se puede afirmar que tiene una proyección social limitada. Aunque habría que reconocer que es preferible este tipo de empresario donador o patrocinador al anterior, permítanme señalar las razones por las cuales considero que una gestión social así concebida tiene un carácter restringido. En mi criterio, su acción no esta fundamentada en un conocimiento adecuado de las reales necesidades, puesto que la comunicación con el entorno esta casi siempre supeditada a los intereses del donante, los cuales se convierten en el único criterio para definir las prioridades, lo que genera una dependencia crónica del patrocinado, equivalente a la que produce el asistencialismo del Estado benefactor. Cumplir la ley, y cuando hay excedentes, ayudar a alguien, es la consigna. La gran mayoría de esta categoría empresarial, lleva a sus costos la donación y luego la involucra en el precio de venta haciendo neutro el esfuerzo en materia financiera y pobre e invertebrado el beneficio social.

En abierto contraste con la anterior, se encuentra el empresario solidario, que se podría llamar también ciudadano, en el sentido de que se interroga sobre su papel en el desarrollo de la sociedad y actúa en consecuencia. La gestión empresarial así entendida está fundamentada en una visión de largo plazo, que se materializa en un plan orientado a optimizar los resultados, tanto productivos como sociales, por lo que da lugar a la existencia de intereses comunitarios, que se expresan en la forma de una integración transformadora con el entorno, mientras que las innovaciones no se restringen a la generación de beneficios y los recursos destinados a sus actividades sociales no salen de los costos de producción.

Este tipo de empresario solidario, esencialmente proactivo, terminará por generar sentimientos de confianza y reconocimiento, dada la transparencia de sus objetivos y medios, contribuyendo así al desarrollo de la ciudadanía, como ya fue definida, constituyéndose en una fuente de motivación para la participación y en una auténtica escuela de liderazgo, escuela que con el paso del tiempo terminará esparciendo su semilla aglutinadora y constructora de sociedad a todo lo largo y ancho de la comunidad.

Pero, si el empresario ciudadano puede contribuir a la consolidación de la sociedad civil y al desarrollo de su entorno inmediato, sin duda las organizaciones gremiales son las llamadas a jugar un papel protagónico en el ámbito nacional e internacional, no sólo atendiendo las demandas de sus integrantes, sino también contribuyendo a crear un sistema que goce de los atributos de la gobernabilidad.

Hablo, por supuesto, de los gremios reconvertidos, de aquellos que trascienden el papel de meros defensores de los intereses particulares de sus afiliados. Verdaderas organizaciones modernas que se ocupen de los problemas de su país, de la economía, de la protección del medio ambiente, de las relaciones internacionales, de la política y del progreso científico y tecnológico. Instituciones que trabajen por la competitividad empresarial, regional y nacional. En suma, gremios que participen activamente del proceso de formulación de un proyecto de nación y que contribuyan a materializarlo.

Los Gremios, así entendidos, son un ejemplo claro de cómo se construye tejido social. De cómo aglutinar, concretar, concluir y actuar, siempre en beneficio general, con la convicción absoluta de que el desarrollo general nunca irá en contra del beneficio empresarial, sea este particular o sectorial.

GOBERNABILIDAD Y RESPONSABILIDAD SOCIAL EMPRESARIAL.

Al amparo de los organismos multilaterales y las agencias internacionales de financiamiento, ha surgido recientemente el concepto de gobernabilidad, ligado, por supuesto, al debate sobre la consolidación de la democracia y sobre el papel de los actores organizados de la sociedad. Dada la novedad de esta noción, es apenas natural que su caracterización sea esquiva, que su sentido no este plenamente acordado y que pululen acepciones de la misma, conforme a los intereses de quien la utiliza. No obstante su vaguedad, parece abrirse camino la idea de que gobernabilidad significa la capacidad de una comunidad para desarrollar equilibrios razonablemente estables entre los sistemas económico, político, social y cultural, que permitan conducir con relativa armonía los asuntos públicos. Ahora, por la vía de lo recíprocamente excluyente, cuando no hay capacidad de conducción armónica, hay ingobernabilidad. Como esto último es lo que sucede en Colombia, valdría la pena que, antes de intentar establecer una relación con las actividades empresariales, precisemos los elementos que componen el principio de gobernabilidad.

De acuerdo con la cada vez más abundante literatura sobre el tema, al menos cuatro son los pilares que sostienen la gobernabilidad: la legitimidad política del gobierno; la eficacia del estado para atender las demandas de la sociedad; la existencia de un proyecto nacional compartido por todos los actores y la viabilidad de inserción y permanencia en la comunidad internacional. Así, la gobernabilidad no hace referencia sólo al ejercicio del poder, sino también a la existencia de todas las condiciones necesarias para desempeñarlo con eficacia, legitimidad política y respaldo social, de modo que se asegure el desarrollo estable y sostenido de la nación y la disciplina de sus ciudadanos, en el marco del Estado de Derecho.

Para nadie son desconocidos nuestros tradicionales problemas de pobreza, inequidad, informalidad, desempleo, inseguridad, corrupción, todos ellos enmarcados en un contexto de ineficiencia de la justicia, de las instituciones gubernamentales y de la práctica inexistencia de los partidos políticos. Tampoco debe sorprendernos la ausencia de compromisos por parte de la ciudadanía que mira absorta lo que sucede sin encontrar el camino para reaccionar con prontitud y eficacia, todo ello debido a la notoria ausencia de una sociedad civil organizada y dispuesta a actuar con energía en la construcción de una renovada nación. Los empresarios, que como ya lo hemos señalado, ocupan un lugar preponderante en dicha sociedad, tienen entonces que liderar con persistencia, seriedad, profundidad y eficiencia, proyectos que progresivamente conduzcan al logro de esa esquiva posibilidad.


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No soy, ni pretendo ser, un experto en el tema. Sólo puedo decir que he pasado muchos años de mi vida empresarial en la búsqueda de fórmulas que ayuden a Colombia, a salir de la encrucijada en que se encuentra, y he llegado a la conclusión de que sin una renovación del pensamiento colectivo, que restablezca la confianza y convierta a los empresarios en seres audaces, prudentes, responsables, eficaces y capaces de identificar el bien común, cualquier esfuerzo será en vano. Quiero entonces hacer votos porque el interés que manifiestan, fructifique, convirtiéndose en semilla que disemine por todo Colombia las prácticas empresariales responsables.

LAS PRÁCTICAS SOCIALMENTE RESPONSABLES.
No es posible hacer ahora una historia de lo que ha sido la acción socialmente responsable de los empresarios. Tampoco es el caso porque, como sucede en otras esferas de la vida pública y privada, los cambios han sido tan rápidos y radicales que los detalles pretéritos pierden relevancia. Por el contrario, la clave puede encontrarse en la historia que tratamos de construir y que otros escribirán, si es que no somos inferiores al reto colectivo al que nos enfrentamos.

El Secretario General de la Naciones Unidas en el cierre de su discurso ante el Foro Económico Mundial, realizado en Davos Suiza en 1999, manifestó que "las empresas están aprendiendo, que así como los mercados se han hecho globales, también deben hacerlo el concepto y la práctica de Responsabilidad Social Empresarial" y solicitó a los empresarios a hacer parte de sus prácticas corporativas, los nueve (9) principios del Pacto Global en las áreas de Derechos Humanos y estándares laborales y ambientales.

Al revisar dichos principios, surge, por supuesto, la preocupación de que todavía existan empresarios en el mundo que violen las leyes de sus correspondientes Estados, en razón a que aquellos no son otros que los consignados en los convenios Internacionales y en las Cartas Políticas de la gran mayoría de los países del mundo. Y es cierto que hay todavía quienes los desconocen, lo cual constituye una dura realidad. Sin embargo, para no caer en la desesperanza, tendremos que partir de la hipótesis de que ustedes respetan estos principios y quieren ir más allá, puesto que otro es el tema de la Responsabilidad Empresarial social y política.



Hablar de Prácticas Socialmente Responsables -PSR-, sin encontrar oposición de quienes ven en ella una extralimitación de funciones en la tarea del empresario o sin inmiscuirse en el cenagoso ámbito de la filosofía, es prácticamente imposible. El concepto trae implícito el hecho de que la moral y los negocios están definitivamente ligados y que el empresario, por compromiso inherente a su naturaleza, debe actuar más allá del simple devenir de su negocio. Pero para no cometer sacrilegios innecesarios, opinando sobre asuntos de tan compleja naturaleza, trataré, por la vía de las definiciones, llegar al tema de esta charla. Permítanme recurrir, para no irme al diccionario, a Ambrose Bierse, escritor, periodista, y excelente ironista, para definir la responsabilidad. En su obra "diccionario del Diablo", él la define así:

"Responsabilidad. Sust. Carga desmontable que se traspasa fácilmente a las espaldas de Dios, al destino, a la fortuna, a la suerte, o al vecino-( yo me atrevería a decir que casi siempre a las espaldas del vecino)-. Los aficionados a la astrología suelen descargarla en una estrella."

Definida la responsabilidad en forma por lo demás pragmática, hagamos el intento de desmenuzar el término empresario. Aquí, de nuevo, me quiero salir de los diccionarios. Fernando Sabater, en uno de sus incomparables conversatorios, lo definía como "aquel que se encarga de estilizar las necesidades humanas en formas diferentes a las habituales, de tal manera que produzcan mayor placer". Y qué razón encierra esta definición. Un hombre con todas sus necesidades satisfechas, si es que ello es posible, viviría más tranquilo, pero se aburriría muchísimo. Es el empresario, quien haciendo valer sus atributos, no sólo genera nuevas necesidades, sino que hace de ellas una empresa, la que a su vez, crea nuevos espacios de desarrollo y bienestar a sus partícipes, sean ellos clientes, proveedores, trabajadores, accionistas, comunidad o estado.

Hasta aquí, tenemos, al menos, dos de las tres términos que componen la sigla que nos convoca.

Queda pendiente lo social y, para adentrarnos en ello, tendremos que ser supremamente cuidadosos de no caer en generalizaciones.

El siglo XXI nos entrega un mundo globalizado en el que todavía se pavonean las teorías liberales del racionalismo egoísta, que tan en boga estuvieron en la segunda mitad del siglo anterior y que tuvieron como creador a Adam Smith. El resultado salta a la vista: Una minoría de la población mundial es propietaria de la infinita mayoría del bienestar y la riqueza. Si pensamos que los individuos más ricos del mundo poseen, individualmente, un patrimonio superior al PIB de Colombia, tendemos que reconocer que algo anda mal en el planeta. Para ellos, lo social tiene una connotación y una prioridad diferente. Pero no creo que este gravísimo desequilibrio sea la principal preocupación del día de hoy, entre otras cosas porque corregirlo se encuentra más allá de nuestras inmediatas posibilidades individuales y colectivas. Lo importante es hacer conciencia de que un mundo en estas condiciones no puede continuar su curso indefinidamente y que quienes vivimos en la zona de las grandes carencias y desigualdades, tenemos la responsabilidad de actuar con urgencia en los asuntos sociales, ello es, en función exclusiva de la sociedad y no sólo en función de nuestro particular beneficio. El pregón de los ricos, sus revolucionarios textos en teorías administrativas y sus complejos y sofisticados modelos económicos y sociales no pueden aplicarse como credo en estos solares del planeta.

Ahora, lo que es pertinente, es preguntarnos el porqué el mundo desarrollado ha logrado progresar y generar un estado de bienestar, en razón a que ya hace mucho tiempo satisfizo las necesidades básicas del individuo. La respuesta parece encontrarse en la capacidad que estas naciones tuvieron de construir tejido social y este a su vez fortalecer el estado, puesto que los repetidos intentos de hacerlo que otras naciones utilizaron, por la vía de las utopías políticas, tal fue el caso de las naciones comunistas, se convirtieron en estruendosos fracasos. He aquí entonces la clave de nuestro propósito, al pregonar la necesidad de establecer, sin demora, prácticas empresariales social y políticamente responsables.

Vienen entonces las obvias preguntas . ¿Porqué yo?; ¿y si al fin de cuentas es mi responsabilidad, que debo hacer?; ¿y si debo hacerlo, como lo hago?. Empecemos por lo primero.

La humanidad, a lo largo de su historia, ha mantenido un emblema, casi siempre humano, que le sirve de estandarte en sus más altos propósitos. Para los antiguos esta figura fue el héroe, el guerrero, aquel que a veces terminaba confundiéndose con los dioses. Así mismo, en el medioevo la figura fue el santo; en el renacimiento, los artistas; en la era pre-industrial los sabios, y hoy, parecen ser los empresarios. En la época del conocimiento, en el mundo de la democracia económica, en la aldea global, aquel que se dedique a desarrollos que hagan más placentera la vida, satisfaciendo las sofisticadas necesidades del ser humano de hoy, terminará siendo el venerado estandarte. Por eso, mis queridos amigos, y por qué a nosotros los Colombianos nos queda todavía una enorme tarea por delante, es por lo que ser socialmente y políticamente responsable es una obligación del empresario, que no amerita discusión alguna. Él hoy es, o debería ser, el líder de la sociedad civil y es a ella, en últimas, a quien compete liderar el cambio.